En el extremo sur de la Bahía de Algeciras, donde los acantilados de flysch areniscoso se asoman al Estrecho de Gibraltar y la costa africana aparece a apenas 16 kilómetros, permanecen sepultados bajo tierra y vegetación los restos de una fortificación militar del siglo XVIII que la mayoría de los algecireños apenas conoce. El Fuerte de Punta Carnero fue durante décadas una posición artillera decisiva en la defensa de la bahía frente a incursiones británicas. Hoy es poco más que un puñado de muros que afloran tímidamente entre arbustos y depósitos de agua modernos, a la sombra del faro que un ingeniero levantó en 1864 sobre sus propias ruinas. La Autoridad Portuaria de la Bahía de Algeciras (APBA) ha licitado la primera fase de su recuperación, una intervención arqueológica presupuestada en 182.685 euros sin impuestos —221.049 euros con IVA— y financiada a través del Programa 2% Cultural del Ministerio de Transportes y Movilidad Sostenible.
Para comprender el alcance y el significado de esta actuación conviene retroceder más de tres siglos. La pérdida de Gibraltar el 4 de agosto de 1704 obligó a España a repensar por completo la defensa de la Bahía de Algeciras. El ingeniero militar belga Jorge Próspero de Verboom, Ingeniero General de los Reinos de España, diseñó en la década de 1730 un ambicioso cinturón de fortificaciones costeras que se extendía desde la batería de la Atunara, en La Línea de la Concepción, hasta el fuerte de El Tolmo, al sur de Algeciras. El principio rector era letal en su sencillez: cada posición debía poder cruzar fuego artillero con al menos otra, de modo que ningún buque enemigo pudiera atacar un punto sin quedar atrapado entre dos líneas de cañones.
El sistema articulaba varias categorías de obras. Los grandes fuertes abaluartados —Santa Bárbara, San Felipe, Isla Verde, San García, Punta Mala, El Mirador— podían montar entre 4 y 26 piezas de grueso calibre. Fuertes no abaluartados como el de Santiago añadían potencia intermedia. Pequeñas baterías ofrecían cobertura puntual con pocos cañones. Y una red de torres vigía y cuerpos de guardia provisionales garantizaba la detección temprana y la capacidad de desplegar artillería portátil donde hiciera falta. El diseño demostró su eficacia el 6 de julio de 1801, cuando el escuadrón británico del contralmirante Saumarez atacó navíos franceses fondeados en la bahía. El fuego cruzado de Isla Verde, San García y Santiago resultó demoledor: las baterías costeras alcanzaban más de 3.000 metros, superando la artillería naval gracias a ángulos de elevación imposibles desde la cubierta de un buque.

Punta Carnero ocupaba la posición más avanzada de toda la cadena defensiva: el punto exacto donde la bahía se abre al Estrecho de Gibraltar. Cualquier flota que intentase penetrar desde el suroeste debía pasar bajo sus fuegos. El fuerte se levantó hacia 1730 sobre acantilados a unos 20 metros sobre el nivel del mar. Su elemento central era una batería en forma de herradura a barbeta orientada al sureste, capaz de alojar hasta 6 piezas de artillería de gran calibre. En 1735 montaba 4 cañones de a 24 y 1 de a 18; para 1796 la dotación había crecido a 5 cañones de a 24 y 2 morteros, con capacidad para una batería provisional adicional de otros 6 cañones. El recinto incluía un repuesto de pólvora, un tinglado de pertrechos, dos cuerpos de guardia —uno para un oficial y 20 soldados de infantería, otro para un cabo y 8 artilleros— y un muro con frente de hornabeque atronerado para fusilería que cerraba la gola por el lado de tierra.
Su papel estratégico era triple. Primero, cruzaba fuego con el Fuerte de San Diego al sur y con San García al norte, sellando la continuidad artillera de la costa occidental de la bahía. Segundo, los morteros incorporados antes de 1796 cubrían el ángulo muerto al pie de los acantilados, lo que impedía desembarcos donde los cañones no podían apuntar. Tercero, la torre almenara asociada servía como vigía avanzada y enlace óptico con toda la cadena de fuertes. Punta Carnero y San García formaban un binomio defensivo inseparable: uno controlaba el paso del Estrecho y el otro la ruta de Getares a Algeciras.
El plano más detallado que se conserva de la fortificación fue levantado por Segismundo Font y de Milans en la década de 1760, cuando este ingeniero catalán servía como comandante del Cuerpo de Ingenieros en el Campo de Gibraltar. Font, que más tarde sería cuartel maestre del ejército durante el Gran Asedio de Gibraltar (1781-1783) y acabaría su carrera como mariscal de campo, dejó un documento custodiado hoy en el Instituto Histórico de Cultura Militar de Madrid. Este plano ha resultado fundamental para el proyecto de recuperación actual, porque permite identificar los espacios del fuerte y delimitar las áreas de excavación.
La vida militar del fuerte terminó en circunstancias paradójicas durante la Guerra de la Independencia. En febrero de 1810, con las tropas napoleónicas avanzando hacia el Campo de Gibraltar, el teniente-gobernador de Gibraltar ordenó la demolición de todas las fortificaciones costeras españolas de la bahía. La lógica era implacable: si los franceses tomaban los fuertes, podrían usar la artillería española contra los propios aliados y contra Gibraltar. El 14 de febrero de 1810, el coronel Sir Charles Holloway, Commanding Royal Engineer de Gibraltar, dirigió la destrucción de las principales líneas españolas, incluida la Línea de Contravalación que había dado origen a La Línea de la Concepción. Punta Carnero fue volado por completo. La demolición se ejecutó con la que las fuentes describen como «supuesta aquiescencia» de la autoridad militar española del Campo de Gibraltar, una ambigüedad diplomática que no disimulaba la impotencia de un ejército aliado pero subordinado. De las más de 20 fortificaciones del sistema original, el Fuerte de Isla Verde fue el único que escapó a la destrucción británica.
Los sillares y mampuestos de Punta Carnero quedaron esparcidos entre los escombros y, con el tiempo, fueron expoliados como material de acarreo para construcciones cercanas. La ironía suprema llegó en 1864, cuando el ingeniero Jaime Font y Escolá proyectó el Faro de Punta Carnero directamente sobre las ruinas del fuerte, utilizando incluso piedras de la fortificación. El faro se inauguró en 1874, y bajo su planta y las construcciones anexas quedaron sepultados los últimos vestigios visibles del recinto militar. Hoy, solo dos elementos asoman entre la vegetación: el contorno apenas legible de la batería semicircular al sureste y escasos restos de muros en el lado oeste.
El mecanismo que hace posible la recuperación tiene su origen en el artículo 68 de la Ley de Patrimonio Histórico Español de 1985, que estableció la obligación de reservar al menos el 1% del presupuesto de cada obra pública estatal para la conservación del patrimonio. Ese porcentaje creció al 1,5% en 2014 y alcanzó el 2% actual con la Ley 14/2021, de ahí su nombre: Programa 2% Cultural. El programa funciona por concurrencia competitiva y desde su creación ha financiado 1.294 proyectos por un importe acumulado superior a 805 millones de euros. Pueden solicitar fondos entidades locales, comunidades autónomas, entes públicos y fundaciones sin ánimo de lucro, siempre que los inmuebles a restaurar estén declarados Bien de Interés Cultural y sean de titularidad y uso públicos. En enero de 2025, el Ministerio de Transportes presentó cuatro proyectos de Puertos del Estado al programa, por un total de 2.987.097 euros: los tinglados del Muelle de Costa en el Puerto de Tarragona, la Baliza Nordeste III en Melilla, la tercera fase de rehabilitación del Cable Inglés en Almería —que ya acumula 5,2 millones de inversión— y la primera fase del Fuerte de Punta Carnero en Algeciras.
La licitación de la Fase 1, publicada en marzo de 2026 con el expediente 2026-018, detalla una secuencia precisa de trabajos arqueológicos con un plazo de ejecución de seis meses. La intervención comienza con el desbroce del área y la retirada de dos depósitos de agua superficiales con base de hormigón y restos de tuberías de acero que ocupan la zona. A continuación se practicarán seis catas arqueológicas para delimitar el recinto y localizar los muros ocultos. La fase central es una excavación extensiva que rebajará el terreno bajo control arqueológico permanente hasta alcanzar los niveles de pavimento originales, si se conservan. La documentación de la Comisión Provincial de Patrimonio Histórico de Cádiz distingue dos niveles en el recinto: uno inferior, asociado a la batería artillera, y otro superior, vinculado a almacenes y zona de vida de la guarnición. Gran parte de los trabajos deberán ejecutarse por medios manuales, reservando maquinaria compacta únicamente para apoyo puntual en áreas donde no se hayan identificado estructuras emergentes. Los muros que requieran consolidación urgente recibirán limpieza, saneado y enfoscado con mortero de cal hidráulica. Un levantamiento topográfico detallado completará la documentación del estado real del fuerte.
El objetivo de esta primera fase no es restaurar, sino saber qué queda. El propio expediente patrimonial señala que la definición de los trabajos es necesariamente abierta, dado que la excavación aportará información nueva que determinará el alcance de las consolidaciones y orientará las fases posteriores hacia la puesta en valor definitiva. El Fuerte de Punta Carnero está inscrito en el Catálogo General del Patrimonio Histórico Andaluz como Bien de Interés Cultural (Monumento), amparado por el Decreto de 22 de abril de 1949 sobre protección de castillos y la Ley 16/1985 de Patrimonio Histórico Español, y cuenta además con protección urbanística en el PGOU de Algeciras bajo la denominación «Torre de Punta Carnero (yacimientos y restos de fortificación)». La tramitación como actuación en BIC con competencia no delegable requirió la autorización de la Delegación Territorial de Patrimonio, que emitió resolución favorable el 3 de junio de 2025.

El enclave donde se asienta el fuerte es uno de los paisajes más singulares de Europa. La punta marca el extremo oriental del Parque Natural del Estrecho, declarado en 2003 y con casi 19.000 hectáreas protegidas entre Algeciras y Tarifa. Es también Reserva de la Biosfera de la UNESCO, Zona Especial de Protección para las Aves y Lugar de Importancia Comunitaria. Desde los acantilados, la panorámica abarca 360 grados: al sur, la costa africana con el Djebel Musa; al este, el Peñón de Gibraltar cerrando la bahía; al norte, el arco urbano de San Roque; al oeste, el Atlántico abierto hacia Tarifa. El cielo sobre la punta es corredor de una de las mayores migraciones de aves planeadoras del planeta. El Faro de Punta Carnero, torre cilíndrica de sillería de arenisca amarilla que se alza 19 metros sobre el terreno, fue el último faro de la APBA donde vivió un farero, hasta 2018. Actualmente se tramita una concesión para convertir las viviendas anexas en alojamiento turístico dentro del proyecto «Faros de España» de Puertos del Estado. El acceso al enclave es directo por la carretera CA-223 desde Algeciras, y para los caminantes, el sendero de Getares a Punta Carnero recorre 3 kilómetros de costa acantilada, mientras que la Colada de la Costa conecta Algeciras con Tarifa por la antigua vía pecuaria litoral.
La recuperación de Punta Carnero no es una actuación aislada. En junio de 2021, la APBA aprobó su primer Plan de Conservación y Puesta en Valor del Patrimonio Histórico, un inventario que cataloga 48 elementos inmuebles y 391 fichas de bienes muebles. El proyecto estrella es el Fuerte de Isla Verde, con una inversión acumulada de unos 2,3 millones de euros en tres fases. La segunda fase (2020-2021) reveló hallazgos extraordinarios, como un pozo de agua dulce anterior al siglo XII y un enterramiento posiblemente cristiano medieval. La tercera fase, licitada por unos 2,5 millones, incluye musealización con sala inmersiva de realidad virtual. En Tarifa, la APBA ha adjudicado la rehabilitación del Faro de la Isla de las Palomas por 603.311 euros para convertirlo en centro de interpretación.
La aspiración a largo plazo es integrar el fuerte recuperado en la oferta cultural y turística del litoral algecireño. El enclave se asocia con la memoria de Paco de Lucía —su composición Punta del Faro (1972) evoca este paisaje, y el título de Entre dos aguas (1973) alude a la confluencia del Mediterráneo y el Atlántico visible desde este punto exacto—, y el Ayuntamiento de Algeciras ha trazado por la zona una ruta dedicada al guitarrista. El plano de Segismundo Font de 1762 será la guía que los arqueólogos seguirán para encontrar lo que queda de la batería semicircular, los cuerpos de guardia y el hornabeque atronerado. La pregunta que la excavación debe responder es una sola: ¿sobrevivió algo a la voladura del coronel Holloway, al expolio de los canteros y al peso de 150 años de faro? Los seis meses de plazo del expediente 2026-018 darán la respuesta.
