Hasta 2019, de los 125 yacimientos arqueológicos catalogados en el entorno de la bahía de Algeciras, solo cuatro estaban bajo el agua. Y de esos cuatro, apenas uno era un naufragio: el pecio de la Ballenera, un barco del siglo XVII con cerámica italiana a bordo. El resto del fondo de la bahía —uno de los enclaves marítimos más transitados del planeta desde la Antigüedad— era, para la arqueología, un mapa en blanco. Nadie lo había estudiado de forma sistemática desde mediados de los años ochenta del siglo pasado.
Ya no lo es. El Proyecto Herakles, liderado entre mayo de 2020 y marzo de 2023 por los investigadores Felipe Cerezo Andreo y Alicia Arévalo González desde la Universidad de Cádiz, ha identificado 151 nuevos yacimientos arqueológicos subacuáticos y ha documentado en detalle 34 pecios que abarcan del siglo V a.C. al XX. Los resultados, recién publicados en las actas del I Congreso Iberoamericano de Arqueología Náutica y Subacuática (Editorial UCA, 2025), dibujan por primera vez la historia sumergida de un lugar que durante milenios ha sido puerta entre el Mediterráneo y el Atlántico, entre Europa y África.
Lo más llamativo: la inmensa mayoría de estos hallazgos estaban a menos de diez metros de profundidad. Algunos, a un tiro de piedra de la playa. En la primera campaña de buceo, en solo tres semanas, aparecieron 17 yacimientos nuevos. En los meses siguientes, buceando desde la orilla sin necesidad de embarcación de apoyo y a profundidades de entre cuatro y ocho metros, el equipo localizó más de 80 sitios arqueológicos expuestos sobre el lecho marino. La abundancia de restos fue tal que los investigadores tuvieron que adoptar sobre la marcha una estrategia selectiva: documentar lo máximo posible en el mínimo tiempo y con el menor impacto sobre los restos.
Para cuando el proyecto cerró su fase de campo en marzo de 2023, el recuento ascendía a 151 yacimientos: 124 clasificados como pecios, 7 fondeaderos históricos y 20 objetos aislados —anclas, fragmentos cerámicos, elementos de aparejo y otras evidencias de actividad náutica—. De todos ellos, 34 pecios fueron documentados con técnicas de detalle: fotogrametría submarina, vídeos 360°, modelado tridimensional y planimetrías digitales. Solo en uno de los 151 yacimientos se consideró necesario excavar.
La bahía de Algeciras no es un rincón olvidado ni un enclave menor. Es la sede de uno de los puertos con mayor tráfico de contenedores de todo el Mediterráneo, vecina de Gibraltar y escenario de siglos de conflictos navales por el control de una de las vías marítimas más importantes del mundo. En sus márgenes se levantaron ciudades antiguas como Carteia o Iulia Traducta. Durante la Edad Media fue frontera y punto de entrada a la Península Ibérica. En la época moderna, campo de batalla permanente entre las potencias europeas que se disputaban el dominio del Estrecho. Numerosos estudios han puesto de relieve la importancia de este entorno centrándose en la arqueología terrestre, pero el patrimonio que yacía bajo sus aguas había sido sistemáticamente ignorado. El Proyecto Herakles parte de una premisa que parece obvia pero que nadie había llevado a la práctica: no es posible construir la historia de Algeciras sin mirar lo que hay debajo de su mar.
Del siglo V a.C. al XX: lo que cuentan los pecios
Los naufragios hallados componen un catálogo que recorre prácticamente toda la historia de la navegación en el Estrecho, desde la Antigüedad púnica hasta la era contemporánea. El 24% de los 151 yacimientos identificados ha sido estudiado y documentado con suficiente detalle como para conocer su periodo de construcción o uso, su tipología y su estado de conservación. El resto está a la espera de futuras campañas.
El pecio más antiguo es el Timoncillo I, datado en el siglo V antes de Cristo, en pleno periodo púnico. Junto a él, otros seis yacimientos de la misma época confirman que la bahía fue un espacio de tránsito naval activo mucho antes de la llegada de Roma. Son testimonios de una navegación fenicio-púnica de la que hasta ahora se tenían indicios indirectos a través de la arqueología terrestre y las fuentes escritas, pero que carecía de evidencias materiales directas en el fondo de la bahía.
Del periodo romano se han identificado 23 yacimientos, el grupo cronológico más numeroso. Varios de ellos se concentran en los alrededores de la antigua Carteia, la colonia romana que se levantó en la desembocadura del río Guadarranque y que fue uno de los puertos más importantes de la Bética. La zona entre esa desembocadura y Puente Mayorga ha resultado ser un fondeadero en uso continuo desde al menos el siglo IV a.C. hasta la actualidad: más de 2.400 años de actividad ininterrumpida. Las prospecciones realizadas con GPS diferencial permitieron georreferenciar con precisión una gran cantidad de material arqueológico disperso sobre el lecho marino —cerámicas, anclas, restos de cargamentos— cuya variedad cronológica dibuja una secuencia de uso prácticamente sin interrupciones. Es uno de los fondeaderos con mayor recorrido histórico de toda la bahía y, probablemente, de todo el litoral gaditano. También se han confirmado dos pecios tardorromanos, entre ellos El Anclote, que ha sido objeto de un artículo monográfico publicado en el mismo volumen de actas. Estos hallazgos llenan un vacío cronológico importante: la transición entre la Antigüedad tardía y la Alta Edad Media es uno de los periodos peor representados en la arqueología subacuática del sur de la Península.
Cuatro pecios corresponden al periodo medieval. Entre ellos destaca un hallazgo de especial valor: un posible pecio de cronología meriní localizado en la zona de El Rinconcillo. Los meriníes —la dinastía beréber que gobernó el Magreb entre los siglos XIII y XV— utilizaron el Estrecho como puerta de entrada a al-Ándalus en sus intervenciones militares y comerciales. La presencia de un pecio de este periodo en la bahía de Algeciras tiene coherencia histórica plena, pero desde el punto de vista arqueológico es extraordinaria: apenas existen restos conocidos de embarcaciones meriníes en ningún fondo marino. Su estudio detallado, que los investigadores sitúan entre las prioridades para futuros proyectos, podría arrojar luz sobre un capítulo prácticamente desconocido de la historia de la construcción naval y del tráfico marítimo en el Mediterráneo occidental medieval.
El grupo más numeroso de pecios por periodo es el de época moderna: 24 embarcaciones naufragadas entre los siglos XVI y XVIII, de diversas nacionalidades y tipologías. Muchas están vinculadas, directa o indirectamente, a los conflictos por el control del Estrecho y de Gibraltar. La toma británica del Peñón en 1704, los sucesivos intentos españoles de recuperarlo —incluido el Gran Asedio de 1779-1783—, las batallas navales entre potencias europeas y el incesante tráfico de contrabando que se desarrolló durante siglos en estas aguas dejaron un reguero de naufragios que los archivos históricos documentan con profusión, pero que hasta ahora prácticamente no se habían localizado bajo el agua. El Rinconcillo VIII y Puente Mayorga II, ambos del siglo XVII, y Arroyo de los Patos II, del XVIII, son algunos de los pecios más significativos de este periodo.
Pero el hallazgo que los propios investigadores califican de excepcional es el pecio Puente Mayorga IV, una lancha cañonera de finales del siglo XVIII conservada a muy poca profundidad. Fue el único yacimiento del proyecto en el que se empleó metodología intrusiva —es decir, excavación arqueológica en sentido estricto—, y hay buenas razones para ello. Las lanchas cañoneras fueron embarcaciones ligeras, de bajo calado, diseñadas para operar en aguas costeras portando una o dos piezas de artillería de gran calibre. España las utilizó intensamente durante los asedios a Gibraltar y en otras operaciones navales del XVIII. Sin embargo, a pesar de su importancia táctica e histórica, son embarcaciones de las que apenas se conservan restos arqueológicos en todo el mundo. Puente Mayorga IV es, por tanto, un hallazgo de relevancia que trasciende lo local.
El equipo realizó una excavación sistemática completa del pecio: dibujo manual a escala de toda la estructura naval, documentación fotogramétrica, modelado 3D y toma de muestras de madera para identificación anatómica y estudios dendroarqueológicos —una técnica que permite datar la madera mediante el análisis de los anillos de crecimiento y, en algunos casos, determinar la procedencia geográfica del material con el que se construyó la embarcación—. Todo el proceso fue grabado en vídeos 360° pensados tanto para la investigación como para la difusión pública. Los resultados preliminares apuntan a una embarcación de construcción española de finales del XVIII o principios del XIX, lo que la situaría en el contexto de las operaciones navales del periodo comprendido entre los últimos asedios a Gibraltar y las guerras napoleónicas.
Lo que dicen los archivos: 2.000 naufragios y un archivo perdido
El trabajo de campo se complementó con una investigación documental que, por sí sola, constituye una aportación considerable al conocimiento de la historia marítima del Estrecho. El equipo construyó varias bases de datos interrelacionadas que reúnen información procedente de archivos, museos, fotografías históricas y cartografía antigua.
La más voluminosa es la de naufragios: más de 2.000 accidentes navales registrados en la zona de Algeciras entre finales del siglo XVIII y la Segunda Guerra Mundial. Un dato que desmiente la imagen exclusivamente bélica que suele proyectarse sobre el Estrecho: el 81% de esos naufragios correspondía a embarcaciones mercantes, no militares. La bahía funcionó, ante todo, como un espacio comercial donde confluían rutas de cabotaje, travesías atlánticas y tráfico entre las dos orillas del Mediterráneo. Por banderas, el 36% de los naufragios eran británicos —lo que resulta coherente con la presencia naval de la potencia en Gibraltar—, el 25% españoles y un 8% estadounidenses.
Hay, sin embargo, una laguna documental notable. Los siglos XVI y XVII apenas cuentan con registros de naufragios en la zona, un vacío que los investigadores atribuyen a la pérdida del Archivo de Gibraltar tras la toma británica de 1704. Es una ausencia que condiciona la lectura histórica de la bahía: justamente los siglos en los que vivió algunas de sus transformaciones más intensas son los que peor documentados están.
El equipo también catalogó 128 piezas de cartografía histórica —38 cartas náuticas, 66 planos y una serie de dibujos y perfiles de costa—. El 88% son del siglo XVIII, anteriores a las grandes transformaciones industriales de la bahía y a los dragados modernos, lo que las convierte en documentos de enorme valor para reconstruir cómo era la costa antes de que la industria portuaria la remodelase. Algunos de estos planos han sido georreferenciados mediante sistemas de información geográfica para superponer la línea de costa histórica con la actual y medir el alcance de las alteraciones.
La base de datos de fotografía histórica reúne más de 280 registros: imágenes aéreas, fotografías de espacios portuarios durante el periodo industrial, documentación de obras de dragado. Un recurso especialmente valioso resultó ser el archivo fotográfico subacuático de los años setenta y ochenta del siglo XX, cedido por Félix Rodríguez Lloret, pionero de la exploración submarina y de la protección del patrimonio cultural subacuático de la bahía. Las imágenes de Rodríguez Lloret mostraban anclas, ánforas y varios sitios arqueológicos que nadie había vuelto a visitar en décadas. Su digitalización permitió al equipo de Herakles relocalizar yacimientos cuya ubicación exacta se había perdido y, de paso, documentar el cambio que ha sufrido el medio marino por la actividad industrial, incluida la devastadora expansión del alga invasora Rugulopteryx okamurae, que está transformando los fondos de la bahía.
Por último, el equipo revisó los informes de las 97 intervenciones arqueológicas subacuáticas realizadas previamente en la bahía. El análisis de estos documentos —cuyo acceso, pese a ser documentación pública, presentó considerables dificultades burocráticas— resulta revelador. Del total de intervenciones, el 52% fueron negativas: no encontraron nada. Las que sí dieron resultados (48%) procedían mayoritariamente del seguimiento de dragados portuarios (42%): es decir, fueron hallazgos accidentales durante obras, no fruto de investigaciones planificadas. Las prospecciones geofísicas solo aportaron el 19% de los hallazgos positivos y los sondeos arqueológicos el 15%. El registro de 58 obras portuarias documentadas por el proyecto, con su planimetría asociada integrada en un SIG, ha permitido superponer las áreas dragadas con los informes de intervención, y la conclusión es inquietante: en zonas como el antiguo frente marítimo de Algeciras o los entornos de Isla Verde —hoy ocupados por instalaciones portuarias ganadas al mar—, la ausencia de hallazgos sugiere que los restos fueron destruidos antes de que nadie los documentase.
Un patrimonio que se desentierra solo y que nadie protege
Que prácticamente todos los hallazgos del Proyecto Herakles estén a menos de diez metros de profundidad no es casual. Los investigadores lo explican como un síntoma de un problema mayor: las obras portuarias y el cambio climático están alterando las dinámicas de transporte de sedimentos en la bahía, dejando al descubierto restos que llevaban siglos enterrados bajo el fondo marino y protegidos por él.
Algeciras alberga uno de los puertos con mayor volumen de tráfico del Mediterráneo. Décadas de dragados, rellenos y construcción de infraestructuras han transformado radicalmente la bahía. El río Guadarranque, cuya desembocadura era el corazón de la antigua Carteia, ha visto alterado su cauce y su dinámica sedimentaria. Zonas costeras enteras han desaparecido bajo explanadas portuarias. Y el resultado de todas esas intervenciones es que pecios y materiales arqueológicos que habían permanecido estables durante siglos, protegidos por capas de arena y fango, están quedando expuestos a la acción del agua, la erosión biológica y los impactos mecánicos. Es lo que explica que tantos restos aparecieran en aguas tan someras y tan cerca de la playa: no es que los barcos naufragaran ahí, sino que el sedimento que los cubría ha desaparecido.
Si bien es cierto que la bahía cuenta con la figura de protección de Servidumbre Arqueológica —que en teoría protege el patrimonio que potencialmente exista bajo sus aguas—, en la práctica, advierten los investigadores, el deterioro es notable. El patrimonio subacuático está sometido a riesgos de alto impacto: la actividad portuaria (dragados y fondeos), la industrial (obras de infraestructura), la turística (degradación y expolio por desconocimiento), el desarrollo urbanístico y los cambios que estas acciones provocan en el medio marino.
El diagnóstico es preocupante. Según el estudio, el 56% del patrimonio documentado se encuentra en buen estado de conservación, pero el 44% restante necesita atención inmediata: estudio, protección y, en algunos casos, intervención urgente. Y eso contando solo con lo que se ha podido examinar, que es apenas el 23% de la superficie de la bahía, la franja más cercana a la costa.
Las zonas profundas —el 77% restante— permanecen sin explorar y están sometidas a otra amenaza que los investigadores señalan con especial preocupación: la actividad de fondeo de los grandes cargueros y buques que llegan a Algeciras y Gibraltar. Estos barcos fondean a entre 60 y 90 metros de profundidad con pesadas cadenas y anclas de más de veinte toneladas que arrastran por el fondo en cada maniobra de fondeo y leva. Si existen restos arqueológicos en esas profundidades —y la lógica histórica y la base de datos de más de 2.000 naufragios sugieren que los hay—, el impacto de esa actividad puede ser irreversible. Es un patrimonio que podría estar destruyéndose sin que nadie lo sepa.
Ante esta situación, el Proyecto Herakles ha puesto los datos recopilados en conocimiento de las instituciones con competencias sobre este patrimonio: el Centro de Arqueología Subacuática del Instituto Andaluz del Patrimonio Histórico, la Autoridad Portuaria de la Bahía de Algeciras, Capitanía Marítima, la Mancomunidad de Municipios del Campo de Gibraltar, el Ayuntamiento de Algeciras, la Guardia Civil y la Armada. Los investigadores esperan que la información generada por el proyecto sirva para elaborar capas de riesgo que indiquen el grado de urgencia en la intervención sobre cada yacimiento y permitan diseñar estrategias eficaces de gestión y protección.
Un nuevo proyecto, denominado Port-SUB y centrado en la gestión inteligente del patrimonio cultural subacuático en espacios portuarios de Andalucía, ha nacido directamente de las amenazas identificadas durante Herakles. Se ha presentado a la convocatoria de ayudas del Plan Complementario de Ciencias Marinas, dentro del Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia.
Paralelamente, el equipo ha diseñado un proyecto piloto pionero en Andalucía para crear un yacimiento arqueológico visitable en la zona de Getares, como punto de partida para un futuro parque arqueológico subacuático. La idea es convertir parte de ese patrimonio sumergido en un recurso turístico sostenible, involucrando a las empresas de buceo recreativo de la zona y a los agentes locales. Las actividades de divulgación realizadas durante Herakles han incluido experiencias de «buceo en seco» con modelos virtuales y vídeos inmersivos, y la publicación de modelos 3D de piezas arqueológicas reales en plataformas abiertas como Sketchfab, donde cualquier persona puede explorar virtualmente los restos documentados en el fondo de la bahía.
El Proyecto Herakles ha servido también como espacio formativo: alumnos del Máster en Arqueología Náutica y Subacuática de la Universidad de Cádiz han realizado sus prácticas en las campañas, y varios trabajos fin de máster y tesis doctorales se han desarrollado al amparo de la investigación.
Los investigadores reconocen que lo hecho hasta ahora es solo el principio. Queda por analizar en detalle cada uno de los 151 yacimientos identificados y abordar las zonas profundas de la bahía, que constituyen la mayor parte de su extensión. Entre los pecios que consideran prioritarios para futuros estudios mediante sondeos arqueológicos citan el Timoncillo I (siglo V a.C.), el Guadarranque III (siglo I a.C.), el pecio meriní de El Rinconcillo, el Rinconcillo VIII (XVII), Arroyo de los Patos II (XVIII), Puente Mayorga II (XVII) y Puente Mayorga IV (XVIII-XIX). Su análisis detallado podría aportar información inédita sobre el comercio, el tráfico marítimo y la tecnología naval de periodos de los que el conocimiento arqueológico es todavía muy escaso.
Pero el mensaje de fondo del estudio trasciende la lista de hallazgos. Construir la historia de Algeciras sin tener en cuenta lo que hay bajo sus aguas es, concluyen, imposible. No se puede entender el papel que el mar ha jugado en el desarrollo de esta zona sin conocer en profundidad su costa y su evolución, la articulación de la navegación y su patrimonio sumergido. Los restos dispersos por el fondo de la bahía —no solo los pecios excepcionales, sino también los fragmentos más modestos— cuentan historias de peligros para la navegación, lugares seguros, zonas de tránsito, espacios de fondeo y vida cotidiana a bordo. Son las huellas de las personas que han navegado a orillas del Estrecho durante veinticinco siglos. Y si no se documenta y protege lo que queda, se perderá para siempre.
«El mar está lleno de historias, historias de personas que se movieron en barcos de los cuales algunos naufragaron», escriben los autores. «Estudiar, proteger e interpretar estos sitios es responsabilidad de los arqueólogos subacuáticos y de colegas de otros campos en un esfuerzo interdisciplinario. Darlos a conocer a la ciudadanía es responsabilidad de todos».
El estudio «Entre las columnas de Hércules, arqueología subacuática de un espacio privilegiado. La bahía de Algeciras. Primeros resultados del Proyecto Herakles» está firmado por Felipe Cerezo Andreo, Raúl González Gallero, Carlota Pérez-Reverte Mañas, Soledad Solana Rubio, Alberto Salas Romero, Nicolás C. Ciarlo, Elisa Fernández Tudela, Habana Sánchez Muñoz, José Bettencourt, Marina Goñalons Lapiedra, Sergio José López Martín y Alicia Arévalo González. Ha sido publicado en las Actas del I Congreso Iberoamericano de Arqueología Náutica y Subacuática (CIANYS 2021), editadas por Felipe Cerezo Andreo, Carlota Pérez-Reverte Mañas y Soledad Solana Rubio (Editorial UCA, 2025, ISBN: 978-84-9828-995-4). El Proyecto Herakles fue cofinanciado por el Programa Operativo FEDER 2014-2020 y la Consejería de Economía, Conocimiento, Empresas y Universidad de la Junta de Andalucía (ref. FEDER-UCA18-107327).
