Un nuevo enfoque científico ha planteado que las rutas utilizadas por los primeros humanos para salir de África hace decenas de miles de años pudieron ser muy distintas a las actualmente conocidas. Según recientes investigaciones, publicadas por la revista Comptes Rendus Géoscience, los efectos del Último Máximo Glacial —un periodo ocurrido hace aproximadamente 21.000 años, en el que las capas de hielo alcanzaron su máxima extensión— habrían alterado significativamente el nivel del mar, transformando los paisajes costeros y condicionando los movimientos poblacionales en el continente africano y su periferia.
Durante ese periodo, el nivel del mar descendió entre 120 y 130 metros respecto a su cota actual. Esta variación expuso vastas extensiones de plataforma continental hoy sumergidas, que habrían formado corredores naturales a través de los cuales grupos humanos se desplazaron hacia nuevas regiones. Los investigadores sostienen que muchas de estas rutas, invisibles bajo el mar actual, fueron fundamentales para facilitar los primeros movimientos hacia el Levante mediterráneo, la península arábiga y más allá, hacia Asia y Europa.
El estudio, basado en modelos paleogeográficos y reconstrucciones batimétricas, ha identificado antiguos deltas, cauces de ríos y llanuras costeras ahora cubiertas por el mar, especialmente a lo largo del Cuerno de África, el golfo de Adén y el estrecho de Bab el-Mandeb. Estas zonas habrían ofrecido recursos hídricos, fauna, clima templado y acceso directo a nuevos territorios, constituyéndose en puntos estratégicos para las primeras migraciones.
En paralelo, las condiciones ambientales extremas generadas por el clima glacial —incluidos cambios en los patrones de precipitaciones, aridez del interior continental y expansión de zonas desérticas— forzaron a diversas comunidades humanas a concentrarse en áreas litorales. Esta concentración pudo haber fomentado el desarrollo de comunidades estables, el inicio de prácticas agrícolas tempranas y la consolidación de formas organizativas más complejas, especialmente en el noreste de África.
La investigación también subraya la necesidad de considerar el paisaje submarino como parte integral de la historia humana. Las actuales fronteras terrestres no reflejan fielmente las condiciones geográficas del pasado, lo que podría haber conducido a una interpretación parcial de los procesos migratorios. A este respecto, algunos expertos han señalado que muchas evidencias arqueológicas clave podrían hallarse hoy sumergidas, a profundidades que dificultan su localización y estudio.
Aunque no se trata de una teoría nueva, los avances en tecnología de mapeo submarino y análisis de sedimentos han permitido actualizar los modelos de ocupación humana y redefinir las posibles rutas seguidas por el Homo sapiens al abandonar África. Estas hipótesis ganan solidez al ser contrastadas con hallazgos fósiles y genéticos que refuerzan la idea de múltiples oleadas migratorias a lo largo de diferentes franjas temporales.
La perspectiva marítima de estas migraciones, y el hecho de que muchas de ellas se desarrollaran a través de lo que entonces eran costas expuestas y corredores marinos estrechos, refuerza la importancia de integrar el análisis paleoceanográfico en los estudios sobre el origen y la expansión de las poblaciones humanas.
Este enfoque multidisciplinar abre nuevas líneas de investigación, tanto en arqueología como en geología marina, y plantea interrogantes sobre cómo el paisaje sumergido ha influido en la trayectoria evolutiva y social de la humanidad desde sus primeras fases hasta la consolidación de las primeras civilizaciones.
