La congestión en las terminales de contenedores de los puertos de Amberes-Brujas y Róterdam continúa intensificándose, hasta el punto de que varias de estas instalaciones operan actualmente al límite de su capacidad. Esta situación ha generado una presión sostenida sobre las cadenas logísticas, dificultando la planificación operativa y reduciendo la flexibilidad en los flujos de mercancías.
En el caso de Amberes, la elevada ocupación se ha mantenido durante los últimos meses, generando retrasos en las operaciones terrestres y limitaciones en la asignación de atraques. Las terminales han alcanzado un punto en el que los márgenes de maniobra son mínimos, lo que ha derivado en una ralentización generalizada de las operaciones. La saturación, lejos de ser puntual, se ha consolidado como un fenómeno estructural que afecta de forma directa a la eficiencia del sistema portuario.
A esta situación se suma el incremento de la densidad en los patios, lo que ha dificultado tanto las entregas como las recogidas de contenedores. Esta acumulación ha reducido la capacidad de absorción de nuevos volúmenes y ha provocado una pérdida de fluidez en el tránsito intermodal. La congestión también ha afectado al transporte interior, especialmente en la conexión con terminales ferroviarias y fluviales, cuya capacidad de respuesta se ha visto comprometida.
La problemática en Amberes no es un caso aislado. En Róterdam, las terminales situadas en el área de Maasvlakte también operan con altos niveles de ocupación. Durante los primeros meses del año, este enclave ha enfrentado múltiples retos, como reconfiguraciones en los servicios de línea, aumentos en el tamaño de las escalas, alteraciones en los itinerarios por cambios de alianzas navieras, condiciones meteorológicas adversas y paros laborales en determinados periodos. Aunque se han producido avances en la reducción del tiempo de atraque y en la fiabilidad de los horarios, la acumulación de tráficos sigue generando cuellos de botella.
Como consecuencia directa de esta saturación, algunas compañías han comenzado a ajustar sus itinerarios. A partir del 25 de junio, una de las principales navieras ha decidido retirar Róterdam de la rotación de uno de sus servicios transatlánticos, con el objetivo de aliviar la presión sobre las terminales más congestionadas. Esta medida se enmarca en una serie de cambios que incluyen desvíos de escalas a puertos alternativos como Southampton, así como la extensión temporal de ciertos servicios a terminales en el norte de Europa. Estas decisiones buscan mantener la continuidad operativa en un entorno cada vez más exigente.
Por otra parte, se han registrado también incidencias en otros puertos del norte de Europa, como Bremerhaven, donde la escasez de personal durante los recientes festivos ha generado nuevos retrasos y obligado a aplicar medidas de contingencia adicionales. La respuesta ha incluido la reconfiguración de servicios y el ajuste temporal de las frecuencias en rutas clave como el eje Reino Unido–América del Sur.
El contexto actual se ve agravado por múltiples factores, como los desvíos obligados por el cabo de Buena Esperanza ante la inseguridad en el mar Rojo, los efectos prolongados de la disrupción post-pandemia, los retrasos en la navegación interior y las tensiones laborales. Todo ello configura un escenario de presión estructural para los principales puertos del eje Hamburgo-Le Havre. Ante esta situación, se han reforzado los llamamientos a inversiones en capacidad adicional y a una mayor coordinación entre operadores, infraestructuras y navieras, con el objetivo de mantener la estabilidad del tráfico marítimo y contener el impacto en las cadenas de suministro europeas.

